Esta ha sido la última clase y, para no variar, he llegado un poco más tarde. Parece mentira que haya finalizado el segundo cuatrimestre. La velocidad con la que pasan los días es impresionante y siempre me faltan más horas (a mí y supongo que a más de uno). Cuando me he incorporado a la clase, el profesor comenzaba a hablar sobre la importancia de la evaluación y lo compleja que es la elaboración de la misma. En torno a ella, comentamos cómo podríamos conseguir que fuese justa, qué criterios utilizaríamos y tendríamos en cuenta pero, sobre todo, qué es lo qué queríamos realmente evaluar de los alumnos/as según los objetivos conseguidos, qué actitudes y qué valoraciones tendríamos en cuenta para determinar la nota final. También se habló de la ausencia evaluativa de los docentes en los Centros Educativos y estuvimos comentando posibles maneras de evaluar a un docente. Hablamos de la necesidad de una evaluación del trabajo de los profesores; pero también planteamos los diversos problemas que podrían derivar y la escasa eficacia de las estrategias para evaluarlos: ¿cómo realmente se podría evaluar de forma objetiva y justa la labor de un docente?. Es una cuestión que todavía no he sabido resolver. Lo que sí sé con certeza es que es necesario un cambio en los paradigmas educativos, que realmente se genere una conciencia sobre la importancia de la profesión de un docente y lo imprescindible que es una buena formación en los mismos. Es por ello que considero que los conocimientos teóricos son necesarios pero, sobre todo, es en la práctica donde se aprende. Para conocer la realidad de las aulas es necesario vivir esa experiencia, enseñar para aprender.

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